Vestirse: un ancla de esperanza. Trabajo en imagen y estilo personal, y conforme pasan los…
No somos robots: imagen y estilo personal
“No somos robots” es la afirmación que hoy, fuertemente, nos hacemos para definirnos como humanos. ¿Y si es así, por qué estamos actuando en piloto automático bajo un ideal de hiper-productividad y perfeccionamiento? ¿De tanto interactuar con la tecnología aún actuamos como humanos?
En abril de este año recomendé en mi red social Instagram el libro “No soy un robot” de Juan Villoro, un ensayo reflexivo sobre el nuevo plano al que pertenecemos (gústenos o no): el espacio digital.
Para ese entonces iba en la mitad de la lectura y prometí que al terminarlo escribiría algo más extenso. Aquí estoy cumpliendo lo que dije.
Con una voz fuerte y directa, Villoro nos habla sobre la caída del coeficiente intelectual en las nuevas generaciones; la preocupación tardía sobre la incapacidad de poder controlar a la IA; la ausencia de la vida social y la pérdida de la facultad de intercambiar experiencias; la ansiedad de contar con soluciones rápidas; los realities de tv vs. el estar habitando una época con déficit de realidad; el hambre infinita de satisfacción inmediata; el tecno-feudalismo; el caso de Alexa al haberle propuesto a una niña un reto macabro: “tener malicia es una certera y peligrosa señal de inteligencia”, dice el autor.
Como consultora, profesora y conferencista de estilo e imagen personal, hubo un tema que captó mi atención del libro:
La mentira que, de manera lamentable, se ha normalizado con los filtros de las redes, y en general, una vida digital maquillada y ultra revisada, haciendo que el ser humano se auto-desdibuje; la construcción de identidades falsas para cautivar a las audiencias virtuales; cómo la identidad digital hoy es más fidedigna y relevante que la presencial; un sistema de valores basado en el número de seguidores y likes; las identidades líquidas.
Es como si tuviéramos todo el tiempo a un coordinador de la intimidad que guía nuestros movimientos, simulando autenticidad, dice Villoro.
Autenticidad: hermosa palabra que evoca sinceridad, fluidez, escucha y presencia (estar presente), para todo lo cual es necesario entendernos a nosotros mismos, es decir reconocer nuestras virtudes y necesidades emocionales. Sin embargo, la velocidad del mundo hiper-moderno está impidiendo la pausa, el pensamiento y la reflexión requeridas para la auto-observación.
Bajo este contexto, quedamos sometidos inconscientemente a construir una identidad digital hondamente supervisada y curada, que debe ser novedosa todo el tiempo (es decir, fugaz e hiper-productiva), y cumplir con ciertos parámetros y perfección. Un identidad virtual que supuestamente, traerá más likes, más seguidores y más alcance, lo cual erradamente se cree, será sinónimo de éxito y mayor autoestima. Es irónico entonces, que estemos reclamando lo humano y sus defectos naturales, pero siendo tan literales como los robots: por ejemplo, con la construcción de pintas (narración del estilo) a través de la IA. Puede ser un apoyo pero nunca un sustituto.
Augusto Monterroso invita a dudar de la perfección: cuando una prosa lucía demasiado correcta decía, “Hay que mejorarla con un defecto para que parezca natural” (en otras palabras, auténtica).
La lectura y la imagen consciente
Este panorama tiene esperanza. Ante el moldeo y la uniformidad a la que el mundo digital pretende llevarnos, tenemos la opción de revaluar la forma cómo estamos consumiendo el mundo digital y sus redes, tanto emisores como receptores.
Siendo conscientes de la velocidad de las mismas, podemos darnos cuenta de la prisa y ralentizarnos.
La lectura de libros nos enseña a pausar, y recuperar la ilación y asociación de temas, contraria a la lectura fragmentada de las redes cuyo tema es el cambio de tema; también nos entrena para una actividad que no se aprende en el entorno digital: el descarte. El mejor lector ignora lo innecesario, dice Villoro.
Solo a través de las pausas tenemos tiempo. Tiempo para pensar, reflexionar, auto-conocernos y asumir las necesidades emocionales, lo cual se terminará proyectando en la narrativa del vestuario. El estilo de nuestro vestuario es una manifestación de valores y emociones; es un acto político que reclama y afirma; es nuestro mensaje al mundo sin palabras. No podemos dejar que un robot hable por nosotros, por nuestra intimidad y nos desvalije el criterio a través de sus respuestas complacientes.
“La verdad no ha dejado de ser revolucionaria. El problema es que se localiza en una esfera que importa cada vez menos: la realidad”. Sé que es un problema estructural, pero podemos hacerle contrapeso: compartamos experiencias sociales y sensoriales; debatamos e intercambiemos opiniones diferentes; interesémonos por el otro; generemos conversaciones; evoquemos la introspección.
Hannah Arendt advirtió que lo que vuelve fanática a la gente no es la cerrazón ideológica, sino la imposibilidad de distinguir entre la verdad y la mentira. Hecha la advertencia, vale la pena preguntarnos para qué quisiéramos caer en ese fanatismo.
Con un trabajo juicioso y consciente, con sustancia, alma y foco evitaremos construir una imagen distorsionada de nosotros mismos.
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Juliana Gutiérrez de la Cuadra.
Consultora internacional, docente y conferencista de Imagen y Estilo Personal Consciente
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